Viernes
te levantás
demasiado temprano.
tu perra se confunde cerca
de la cama mientras
ves un mundo borroso
que no buscabas
todavía.
te vestís,
comés lo que el asco no te impida
esa mañana,
bajás a la calle,
el bondi,
las avenidas,
gente que se viste parecido,
viaja a lugares similares.
llegás al trabajo, y
trabajás.
salís de ahí como podés.
volvés a tu casa,
escuchás algo bueno en el trayecto,
un disco de tu otra
vida.
después abrís la puerta de tu casa
y de tu cuarto
y del baño también,
dormís la siesta,
estudiás unas horas,
te bañás,
te vestís con esa ropa,
las polleras cortas que se
prohíben
en El Centro.
tomás el tren y la gente, la misma
gente de la mañana,
admira tu maquillaje fresco
y tu cara de acción
continua.
entonces advertís el paisaje
de ciudad indecisa hasta
que entrás en
la estación de Ramos.
ahí está tu chico,
delicioso,
y fuerte
(acaba de tener un hermoso sueño).
te recibe con ternura
y te mira
bien,
enciende un cigarrillo
mientras te lleva de la mano hacia el
área comercial,
vos le hablás de lo
que sentís
en ese momento, cuando
la brisa de un día perfecto se divierte en tu cara.
más tarde entrás con él
a un negocio,
compran palos de batería,
van a una sala de ensayos,
arman un porro en la puerta, y adentro
piden una cerveza.
tu otra vida se despierta y es muy bello
estar:
ya no importa qué hiciste a la
mañana,
tocás la batería
como si supieras;
en la guitarra, él interpreta
una canción
que te
escribió
especialmente-
lo hace bien
(se cuelga porque piensa
en vos).
al salir busca
fuego en su bolsillo.
después de todo,
después de ver que nada ha terminado aún,
la noche
se prende afuera de la sala.
los protagonistas de tu historia
son ahora los bares,
y tu cuerpo los recorrerá
como
un
simple
visitante.
Linda Kuntz 2005

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